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¿Cómo pueden las organizaciones luchar contra el fraude?

El fraude es una industria internacional que mueve miles de millones de euros. Con el acceso a Internet, una tecnología cada vez más sofisticada y los movimientos a través de las fronteras, los criminales son capaces de identificar y explotar a organizaciones en varios países, aumentando sus ganancias a la vez que reducen la posibilidad de ser identificados y posteriormente atrapados.

 

Además de operar en múltiples países, los defraudadores parecen estar moviéndose desde un fraude de “aplicación” a uno de “identidad”. El adueñarse de las cuentas se ha convertido en una gran preocupación en la industria de los medios de pago, como tarjetas y cuentas corrientes. Aunque no constituye un nuevo tipo de estafa, recientemente está proliferando mucho. Los defraudadores que las llevan a cabo han cambiado su modus operandi, y han pasado de cambiar la dirección y solicitar tarjetas adicionales a añadirse ellos mismos como usuarios autorizados en la cuenta.

Además del fraude tradicional y del emergente “de terceros”, el fraude “en primera persona” también debería preocupar a las organizaciones. En momentos de problemas financieros siempre aumenta el número de intentos de estafa “en primera persona”. Podría deberse a la retirada de productos financieros dirigidos a clientes de alto riesgo, lo que les puede llevar a utilizar detalles falsos con los prestamistas principales, o quizás simplemente constituye un intento de permanecer solvente, hinchando de manera falsa sus rentas u ocultando su  histórico de riesgo proporcionando direcciones falsas. Las organizaciones deberían comparar solicitudes anteriores para identificar inconsistencias o discrepancias que podrían indicar un potencial comportamiento fraudulento.

En todas las organizaciones existe la necesidad de luchar contra la actividad fraudulenta proveniente de fuentes internas y externas, no sólo para cumplir con los requisitos regulatorios, sino también para evitar pérdidas de reputación y financieras. Se puede llevar a cabo utilizando diferentes métodos. En principio, se debería tener una estructura adecuada en la que operar y correctamente diseñada para gestionar el fraude. Si fuera posible, las organizaciones deberían disponer de un equipo independiente de objetivos como ventas y volumen, permitiéndole centrarse en la lucha contra las actividades fraudulentas. Cuando esto no sea posible, las organizaciones deberían como mínimo disponer de una o varias personas con responsabilidad directa sobre el fraude.

La importancia de sistemas y procesos en la detección del fraude

Las organizaciones también deberían disponer de sistemas automatizados que puedan identificar la actividad fraudulenta. Éstos pueden ser sistemas sofisticados que contrastan datos con reglas simples y complejas contra un universo específico, bases de datos confirmadas de fraude y otro tipo de datos de valor añadido, o pueden ser algo tan simple como informes automáticos o bases de datos que pueden identificar comportamientos sospechosos y remitirlos a través de una funcionalidad de flujo de trabajo al canal apropiado.

 

Debería haber procesos y procedimientos sólidos, testados y probados para identificar la actividad fraudulenta. Deberían así mismo ser públicos y fácilmente accesibles por el staff que los necesite, y tendrían que ser revisados y corregidos regularmente. Es importante que dichos procesos y procedimientos no se comuniquen fuera del área de operaciones de fraude, para reducir el riesgo de originar situaciones comprometidas que puedan ser explotadas posteriormente por los defraudadores.

Todo lo relativo a la actividad antifraude de una organización debería apoyarse y fundamentarse en una política integral de crimen financiero y fraude. Dicha política detallará cómo informar sobre el fraude, qué ocurre cuando ya se ha informado y quién tiene la responsabilidad sobre las medidas destinadas a contrarrestar dicho fraude. Todos los trabajadores de la organización deberían conocer esa política, que debería ser fácilmente accesible y estar disponible en un lugar central. Las organizaciones así mismo tendrían que ser conscientes de que todos los empleados tienen responsabilidad en la prevención de la actividad fraudulenta, no únicamente aquéllos que trabajan en el equipo de fraude.

Cuando se trata con terceros debería llevarse a cabo un proceso exhaustivo de due diligence, para asegurar la legitimidad de los negocios que se emprenden.  Además de analizarlos cuando se aceptan en primer lugar, se tendría que realizar un seguimiento de los brokers de manera regular, algo que podría ser tan simple como controlar el número de acuerdos por broker que posteriormente han resultado ser malos o fraudulentos.

Junto a este tipo de controles, la compañía tendría que aplicar análisis frecuentes y regulares de fraude y de la deuda de dudoso cobro. Esto proporcionará un indicador de cómo lo está haciendo el negocio. Los niveles de deuda de dudoso cobro deberían ser controlados regularmente, ya que una gran parte de los negocios fraudulentos acabarán siendo llevados a pérdidas. Se corre el riesgo de desperdiciar recursos en áreas de recuperación tratando de perseguir deudas que no son tales. El análisis será así mismo capaz de identificar tendencias y debilidades en los procesos; una vez identificados pueden ser mitigados para cerrar los posibles gaps o lagunas que están siendo utilizadas por los defraudadores. Este análisis también permitirá gestionar de manera efectiva cualquier estrategia y regla de fraude.

Promover una cultura antifraude

Todos los puntos tratados son importantes; sin embargo, por encima de todo cada organización debería tener, promover y alentar una cultura antifraude. Un ambiente en el que las personas son alentadas a informar sobre actividades fraudulentas sin miedos a las represalias (whistler blowing), donde los miembros del staff son conscientes de sus responsabilidades y donde se proporciona una educación frecuente antifraude, que actualiza a los empleados sobre las últimas tendencias así como sobre qué buscar.

Si las organizaciones siguen algunos de estos simples puntos y adoptan una visión integral sobre la prevención, detección e investigación del fraude, pueden reducir de manera significativa su exposición al mismo, protegiendo por lo tanto de manera directa su generación de ingresos. Esto a su vez creará una cultura positiva en la organización que beneficiará directamente a empleados, directivos, inversores y reguladores.

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